A una década de su arribo a Chile, ha consolidado su lúdico personaje en la TV, incluso en Viña 2025. Entre risas y una característica “peluca”, asoma una historia de ambiciones, desarraigo, amores y duros golpes: “La batalla sigue”, asegura sobre el departamento que compró hace largos años en Argentina y aún no se lo entregan.
En todo momento, Joaquín Méndez Dalone (34) habla de buen ánimo, incluso cuando repasa penas o dolores de cabeza que arrastra hasta el presente. Sin embargo, hay sólo un hito, aparentemente insignificante, cotidiano, que lo quiebra: cuando en el 2020 regresó a Chile de un viaje, ya con la cordillera de Los Andes de fondo, y sintiendo las miradas de cariño de la gente, algo ocurrió dentro suyo:
—Uy, qué loco lo que estoy sintiendo —pensó el argentino, quien años atrás se había instalado en Santiago tras ser finalista del reality ¿Volverías con tu ex? (Mega).
Aquella vez, asegura en entrevista con La Cuarta, se sintió “en casa”, y solloza, le caen algunas lágrimas y se disculpa por, inesperadamente, emocionarse. “Es una sensación muy loca”, sincera. “Es algo que no sé cómo explicar”. Era algo así como sentirse “chileno” casi en las entrañas. “No puedo ocultar mi emoción”, se excusa. A veces se recrimina haberse ido de Argentina, pero, de alguna manera, el afecto del público suple aquella ausencia en quien por estos días animó la Pregala y el backstage del Festival de Viña.
El trasandino cruzó la cordillera tras una suculenta propuesta para ser parte de un reality de parejas en Calera de Tango. Pero al principio no la pasó bien: partió con el ego herido cuando Flavia Medina, con quien entró, fue seducida por el italiano Tony Spina. Pero se rearmó, tomó el papel cómico del encierro, inició una relación con Camila Recabarren y, al salir, las ofertas llegaron: se quedó en Chile, fue parte del abarrotado panel del Mucho gusto y, en los últimos años, en La hora de jugar (Mega), formó dupla con María José Quintanilla, y sumando hoy más de 2,5 millones de seguidores de Instagram.
Durante la entrevista para La Firme, el comunicador y actor de profesión, recurre cada tanto a su mano para sacudirse la melena, dándole un toque casual. Consultado sobre vanidad, y si aplica muchos cuidados a su pelo, él responde:
—¿Estás loco vos? Así como me levanté y vine para acá —reacciona en el canal de Av. Vicuña Mackenna. Asegura que una vez al semestre se hace un “refresh” y que es “cero vanidoso”.
Pero aquella es sólo una minucia de la conversación, de los fragmentos que repasa Joaquín de su vida y obra, desde su años de incipiente fama en Argentina, y de ahorro para comprarse un departamento en el barrio de Palermo, el cual hasta el día de hoy no se lo entregan; pasando por sus años en televisión, marcados por figuras como Karol Lucero y Luis Jara, entre otros; sus etapas de fugaces amoríos y posterior búsqueda de una relación estable, hoy construida junto a la odontóloga Amanda Martínez, con quien tiene planes de matrimonio e hijos.
Eso y mucha más, a continuación…
LA FIRME CON JOAQUÍN MÉNDEZ
Mi infancia fue en San Fernando, al lado de Tigre. Para los que han podido ir a Buenos Aires, antes de llegar a Tigre, pasás por donde vivía yo. San Fernando es un pueblito muy bonito, al lado del río Luján —que recorre hasta la capital, hasta Puerto Madero—, por eso tenemos vida de río. Los chilenos dicen: “Ustedes tienen esa cosa café en la que se tiran”. Bueno, yo me crié tirándome en ese lugar que guardo con mucho cariño.
Lo que más añoro de mi barrio es el club. Me hace falta, no existe un formato así acá: un lugar donde uno va y la pasa con amigos, donde pagas una mensualidad muy barata que te habilita a estar y hacer muchos deportes. Me federé en varios: tenis, natación, y el deporte en el que llegué a jugar en seleccionado fue hockey, hasta los 23 o 24 años. Es el recuerdo más lindo. Me encantaría revivirlo. Acá hay clubes, pero son más segmentados para cierta clase social.
Tengo dos hermanas mayores. Cuando uno tiene hermanas más grandes, o la familia se configura de forma más femenina, empiezas a adoptar esa energía femenina. En mi casa no mandaba mi papá, mandaba mi mamá. Entiendo muy bien la dinámica; por ejemplo, cuando hice una teleserie y me creí famoso, mi vieja me dijo: “¡A lavar los platos!”. El ego uno lo va amarrando. Esa configuración de familia me hizo muy bien. No tengo una configuración “heteronormada” de que “el hombre tiene que ser así”. No es tan así. Hay grises.
Hay muchas frases familiares que quedan. Por ejemplo, hay una que no representa a nadie, que si la escuchás es una mierda, pero para mí tiene mucho sentido. En mi familia siempre tuvimos mucho y lo perdimos todo, entonces mi abuelo siempre decía: “Estando en perdedor, estoy en ganador”. Es una frase de mierda, que no dice nada, pero si uno la analiza un poco, tiene todo el sentido: estando en perdedor, ya no hay nada más abajo, sólo queda subir. Mis abuelos tuvieron grandes empresas, dos, y perdieron todo, entonces siempre quedó esa frase. Son esas enseñanzas que te dejan los abuelos y papás.
Un amigo mío murió atropellado, yo tenía 23 o 24 años. Fue un momento bastante duro para la familia, porque en los clubes se forma una comunidad, un grupo familiar; familias y amigos se conocen. Ese muchacho, íntimo amigo nuestro, viajaba por el mundo por el deporte; era hockista. Tuvo la oportunidad de jugar en el extranjero y generó tanta amistad afuera que todo su equipo viajó para el velatorio. Nos marcó. Siempre tratamos de recordarlo con mucho cariño. Hay una bandera en nuestro club que dice: “Siempre nos vas a acompañar”. Tengo una foto en casa, y a veces llegan invitados y me preguntan: “¿Quién es esa persona? Parece tu hermano”. Era rubiecito y qué sé yo. Y les contesto: “Es un amigo que queremos mucho”.
La vida se puede ir en un minuto; lo importante es abrazarla. Nunca fui muy bueno para empedarme (alcohol). Mi viejo siempre fue bastante sargento en ese sentido y nunca fui bueno para la joda. Era bueno para hacer bromas, para salir y que nos divirtiéramos. Siempre fui el showman, el que rompía el hielo, pero con dos copetes ya estaba listo.
La persona que cometió este acto (que atropelló al amigo), bajo los efectos del alcohol, está en libertad completamente. Cuando pasó ese incidente, vi al tipo y me dio pena. Me pasó el auto por al lado, venía en exceso de velocidad y con el semáforo en rojo. Le podía haber pasado a cualquiera de nosotros. Me pasaron muchas cosas en el cuerpo, muchas energías y sentimientos: querés matar, no entendés que pasó y se activan un montón de cosas dentro… pero lo que me nació fue mirarlo y me dio pena, porque no solo arruinó una vida y a una familia enorme, sino que se arruinó a sí mismo: no olvidará nunca de lo que hizo. Creo que es el peor karma que puede tener, y que carcome por dentro.
Creo que la felicidad es un ratito. A veces trato de descifrar cómo lograr activarla, pero es imposible. Hablo con ChatGPT ‘cómo puedo ser más feliz o mantenerme’. Lo entrené como si fuese mi psicólogo. A veces le digo: “Responde como si fueras mi psicólogo”, y me dice: “Si necesitas ayuda profesional, esta no es la ayuda profesional...”. Y le insisto: “Calla, respóndeme como psicólogo”. Ahí dice: “Desde un punto de vista psicológico…”, y contesta muy bien. Se puede ir entrenando la inteligencia artificial. Al charlar con la IA, me dice: “Aléjate de los bienes materiales”. Es una enseñanza que, aunque parezca una boludez, tiene razón. Ahí no está la felicidad.
La felicidad pasa por otro lado: en la amistad y en las experiencias. A veces me pasa eso con la familia de la Mandi (Martínez, pareja), que les digo: “Vivamos experiencias como familia, vayámonos de viaje todos juntos; da lo mismo si no alcanza o si no es el mejor lugar, pero vivamos la experiencia”. Eso te deja un ratito de felicidad luego cuando lo recuerdas.
No busqué la felicidad en lo material, porque no me alcanzaba, pero siempre quise lo material. Me enojaba con mi mamá porque nunca podía tener la marca, y yo siempre la quería, quería las zapatillas Adidas, y mi mamá —que era una guacha— me compraba las “Atalanta”; en vez de tener tres líneas, tenían cuatro, y ella me descosía una y me decía: “Es lo mismo”. Tenía razón. Tampoco me compraban la PlayStation. (Pero) creo que eso es un bien necesario: “Compren la Play al hijo, por favor”. Siempre la quise y nunca pude. Pero tanto desearla, me contrataron para ser el embajador de PlayStation (en Chile), a un tipo que nunca tuvo la Play y que ama la Play… Ahora se fueron de Latinoamérica, no sé si lo hicimos muy mal, jajaja, pero qué locura haberlo logrado. Es como la ley de atracción.
Soy licenciado en actuación de la Universidad Nacional de las Artes, y lo lindo que me enseñó es a entender qué es la actuación y cómo activar ciertas cosas para actuar. Tuve una de las mejores profesoras y hace poco llamé entre lágrimas a una porque me hizo entender muchas cosas en la vida, para agradecerle, porque me dijo: “Aquí en la universidad, yo voy a formar compañeros de tablas, de teatro; si vienes a buscar eso, bienvenido seas”. Entonces, le pregunté: “¿Con tu técnica voy a saber actuar?”, y ella me respondió: “Con nuestra técnica vas a ser más o menos creíble, pero vas a actuar de maravilla”. Me hizo entender cómo se configura la actuación.
Mi carrera de doblajista murió. Fue muy bonita porque era mucho dinero en poco tiempo. Ahorré muchas lucas, por eso me compré el departamento en corto tiempo. Trabajaba de cualquier cosa, hasta dentro de un corpóreo de tigre para una marca; y después trabajaba de doblajista, luego hacía publicidad, después me iba a la universidad y encima deporte. Tenía mucha energía. La primera película que doblé fue Monkey business; debe estar por ahí dando vuelta mi voz, que tuve que decir: “Hey, Billy, agarra esta” (Hace voz de doblaje de dibujo animado). Solamente eso, de un tipo que hacía bullying a otro.
En el 2013 casi trabajé con Jim Carrey, por una publicidad de Francia de parecerme a él. Vino un director y dijo: “Estoy buscando un Jim Carrey, ¿a quién tenés?”. Y una productora dijo: “Hay un pibe que puede ser”. Me mandaron a buscar en taxi, fui, hice el casting y ese director me dijo: “Tenés algo parecido; voy a hacer una película con él, ¿quieres un día que te haga un enlace?”. “¡Me está jodiendo que voy a conocer a este tipo, no puede ser!”, dije. Quedé en contacto con él, pero fue una etapa medio oscura de Jim Carrey, loquísima; después de hacer a Andy Kaufman (artista gringo), que quedó medio rayado con Man on the moon. Después el director me dijo: “Fui a ver a Jim Carrey, estaba tocando un piano, pintando... No creo que lleguemos a un acuerdo”. Estar tan cerca y tan lejos a la vez, concha de tu madre.
Leandro Penna me trajo a Chile. Trabajé con él en Argentina; él era muy famoso porque trabajaba con Marley, una figura muy conocida allá. Y de repente empezamos a trabajar, éramos cuatro. Hicimos un programa que era viajar por los puntos turísticos más importantes de Argentina. Y en ese momento a él lo llaman a un reality y se fue, y yo seguí laburando en Telefé. Vino a Amor a prueba (Mega) y después se juntó con Ignacio Corvalán (productor chileno) y le dijo: “Tráeme un argentino, uno bueno”. Y Leandro respondió: “Hay un pibe con el que trabajé que es muy divertido, hizo 86 comerciales: fenómeno”. Me llamó Ignacio, viajó a Buenos Aires, tuvimos una reunión y me dijo: “Quiero que vengas a un reality”. Y le contesté: “Mi viejo no me va a dejar; soy actor”. Me respondió por cuánta plata era y mi papá dijo: “¿Dónde firmamos?”. Así que me vine. Cualquier chirola que me pusieran arriba de la mesa la aceptaría; comparado con lo que ganaba en Argentina, era una diferencia muy grande.
¿Realmente me dolió que Flavia Medina se fuera con Tony Spina al inicio de Volverías con tu ex? El ego es tremendo. Llegué con alguien con quien tenía confianza y de repente, pensé: “¿Tan rápido me vas a dejar?”. Tony era muy fachero. El ego es lo que duele. Fue real lo que sucedió. Tuve que hablar con los tipos (de la producción) y decirles: “Me siento mal”. Ya sabía que era el ego; reconozco rápido lo que me pasa y hago mi mea culpa. Por suerte lo pude neutralizar, porque el ego puede hacer que hagas cualquier estupidez. Menos mal pude salir adelante; si me quedaba pegado hubiese sido muy duro. Pero tenía rabia, era real lo que sentía. Lo hablé con Flavia, que es una genia, nos llevamos súper bien; una crack.
En ¿Volverías con tu ex? estaba muy flaco, pero súper entrenado y tenía mucha resistencia. Mis compañeros me decían: “Tienes tres pulmones”. En los test de Cooper corría 5 km en 17 minutos y medio; parecía un triatleta. Efectivamente eso me lo daba el poco peso que tenía, y en el reality me subestimaban y yo decía: “Soy un toro.” Perdimos la final con (Luis) Mateucci (y Oriana Marzoli). Lástima. Estaba enojadísimo. No me gusta perder. Era muy divertida la competencia.
No venía con la idea de quedarme en Chile. Me estaba comprando el famoso departamento, que todavía no me lo entregan; yo justo necesitaba la plata, mi primer objetivo era terminar de pagarlo y estando acá solventaría ese gasto: la última cuota. Ignacio (Corvalán) me dijo: “Eres actor, seguramente algo vamos a hacer después”. Yo no sabía que iba a funcionar y que estaría tanto tiempo. Nunca me lo esperé. Cuando terminó el reality, vino una ejecutiva del canal y me dijo: “Hiciste Violetta; te vimos y me encantaría que te quedes”.
Es muy difícil después sacarse el estigma de “chico reality”, pero a mí me chupaba un huevo. Yo ya había trabajado en los medios, había hecho teleseries y conducido programas. No me molestaba eso y nunca me molestó. No era un tema. Para mí es parte de un proyecto en el que participé.
Me quedé en Chile con Camila Recabarren, cuando todavía no hacíamos la final de ¿Volverías con tu ex? Ahí vivimos en La Serena tres meses, y ya había proyectos en el tintero. Con Camila era una relación bonita en ese momento; siempre fue bonita, la verdad, no tengo nada que decir. Y creo que nos ayudamos mutuamente. Yo estaba solo en Chile, no tenía con quién quedarme. Fue un apoyo fundamental en el inicio de quedarme: si no hubiese estado ella, no sé si me hubiese quedado. Funcionó. Aparte, éramos una dupla, nos llevaban a muchos eventos juntos. También hice buena relación con su hija (Isabella)... Me emociona, sí.... Es un momento que atesoro con cariño.
Ya no hablamos más con Camila; es que ya fue hace muchos años… ¿Se va de Chile? Siempre fue un poco su deseo conocer más países, salir. Que bien por ella.
No había tenido una relación seria de pareja. En Argentina, aparte, trabajaba de relaciones públicas, en una discoteca donde llevaba gente y hacía publicidad. Era medio famoso; funcionaba la dinámica, ganaba lucas porque entraba gente que yo traía. Era un niño, me gustaba salir, coquetear; pero no algo formal, aunque yo siempre quise tener polola. A los 18 años estaba enamorado, me rompieron el corazón y dije: “No sé si quiero vivir esa decepción (otra vez)” . Por eso después uno sale, conoce gente y la pasa bien.
Me costaba abrir mis sentimientos. También mi signo, Escorpión, es de que no le gusta mostrar todas sus cartas porque después pueden jugar con ellas y romperte el corazón. Pero después, en el juego de la vida, si no arriesgas, no ganas. Creo que son etapas que no te puedes perder: salir a carretear con tus amigos, pasarla bien y que sea lo que Dios quiera; pero con respeto. Creo que es algo que tenés que vivir. Ya viví esa etapa, a los 30, decía: “Basta, quiero ya formalizar”.
El sexo casual, ya más adulto, me hacía sentir vacío, cuando empecé a darme cuenta de que ya no era lo que quería. La vida es más linda cuando es compartida. Por eso se siente vacío, porque se consuma el hecho, se logra el clímax, la dopamina llega al máximo, y luego se diluye. No hay algo más que conversar o construir después de eso, es como: “Bueno, ya está, nos bañamos, nos vestimos y ¿qué vamos a hacer?”. No hay planes.
Los celos los fui descubriendo con el tiempo, porque al no tener pareja no había experimentado ese tema. Pero me di cuenta de que era celoso ya natural, hasta de mis amigos: “¿Y por qué saliste con este, hueón? ¿Para qué te cambiaste de grupo? Traicionero”. Estaban en mí; no los había identificado. He tenido que trabajar los celos, entender de dónde vienen; es una tontera. Está muy relacionado con el ego, están juntos, porque, en el fondo, habla mal de tu ego sentir celos, como que te estás menospreciando. Habla de inseguridad también; entonces dije: “No podés mostrarte inseguro”. Uno se cachetea internamente y entiende.
Extraño el panel gigante de Mucho Gusto (Mega). Qué buenos momentos. Muy divertido. Había una patrulla juvenil que de juvenil no tenía mucho, y gente más grande. La pasamos muy bien en esa configuración que creó “Pablete” (Pablo Alvarado, productor), un visionario de los matinales. Era como una especie de reality show para todos los gustos: tenías a la abuela (Paty Maldonado); al papá del grupo (Luis Jara); al tío, que era Viñuela; a la mamá (¿Kathy Salosny?); a la Ivette Vergara, que era como la tía, y tenías a los chicos, que eran los que venían a desordenar un poco, los que salían los fines de semana. Esa configuración es muy buena: apuntas a todo el segmento, todos empatizan con alguien. Fue mucho aprendizaje también.
Karol Lucero me enseñó muchas cosas; somos amigos, tenemos un grupo con Karol y Gallina (Rodrigo Avilés). Y con la Coté (Quintanilla) seguimos trabajando juntos; es una genia, me llevo muy bien con ella.
Los matinales cambiaron un poco. Pero es cíclico, pasa siempre, se politiza un poco. Años atrás, en Argentina, era igual: se politizó todo y no daban espacio a programas más de entretención, porque se tenía que hablar de cosas que le importan a la gente en ese momento; todo muy político. Pero después todo vuelve, es así, arriba y abajo, arriba y abajo: vuelve un poco la entretención, después más, después se van al chancho, y vuelve un poco más la política. Así es la configuración.
Si vuelve más la entretención, feliz volvería al Mucho gusto. Me gusta mucho salir a la calle. El grupo que teníamos era muy rápido; hacer vivos con Karol era muy bueno, es un tipo muy hábil y teníamos muy buena dinámica, a pesar de que mi rol era el del “tontolón”; pero igual me divierte. Teníamos muchas dinámicas preparadas, era muy bueno.
Hay una faceta mía que probamos en el Mucho gusto, que tenía que ver con “El jardín de Joaquín”. Creo que hubiésemos tenido un programa muy divertido que se podía haber hecho para otro horario. Ese “jardín” tenía cosas muy buenas. Los niños, de seis a nueve años, son muy buenos: íbamos a un colegio y sacábamos a siete pibes que eran un avión (ingeniosos). Era un juego con el “tío Joaquín”, una locura. Les preguntábamos “¿cómo se hacen los niños?” y tenían unas ideas desopilantes. Pero los ejecutivos no me cacharon la idea. Hubiese sido espectacular.
La Hora de Jugar tiene como un fraseo (musical) que se repite mucho en la calle: “Dime cuál, cuál, cuál es tu nombre”. Todo el mundo me dice eso. Impactó lo que quería que impactara. Lo hacía Nicolás Repetto en Argentina, es una frase de él. Se la robamos, le pedimos permiso; la puede decir cualquiera, no tiene derechos, cuando atienden el teléfono: “Dime cuál, cuál, cuál es tu nombre”. La decía en un programa que él hacía, pero igual hablé con Telefe, que les dije: “Che voy a usar esto”, y me respondieron: “Qué me importa”. Pero impactó. Cuando me lo dice gente en la calle les debo responder. Es lindo.
Mucho tiempo la gente pensó que pololeaba con María José Quintanilla. Siempre me dicen, y piensan que somos uno, al punto que si estoy en un lugar me preguntan: “¿Dónde está la Coté?”. O la Coté va a cantar y le pasa lo mismo, que le preguntan “si va a estar Joaquín”. “Vengo a cantar”, contesta ella. “¿Por qué tendría que entrar Joaquín?“. “Porque hacen tan linda pareja”, le responden. Pero no somos pololos. Siempre lo mismo. Hace poco, estaba en una notaría, había un (guardia de) seguridad y me dijo: “Me enteré”, y le contesté: “¿Por qué me estás susurrando?”. “Es que me enteré que vas a ser papá con María José“, me dijo. “Eso es Facebook; vos estás metido en Facebook todo el día, y se llama clickbait, y es una falsedad”, le expliqué. “Ya le había pensado el nombre al hijo”, me confesó. “No está embarazada de mí, no somos pareja”, le respondí. “Ella ya se casó, y yo me voy a casar; o sea, no”.
No fui al matrimonio de la Coté porque estaba de viaje en China. Somos muy amigos, nos llevamos muy bien. Ella es un ser espectacular; entiende y funciona muy bien cómo es la dinámica de cualquier programa; es muy hábil. A veces no se da esa sincronía perfecta. Es un ensamble muy bueno; ya nos miramos y nos entendemos. Llevamos siete años juntos.
¿Si es cierto que alguna vez la Kika Silva me rechazó cuatro veces? ¡¿Cómo?! No es cierto; hemos salido, pero nada. Tal vez haya sido en algún matinal porque estábamos hueveando, pero no. La Kika, genia.

El Festival de Viña es muy importante para Chile y Latinoamérica. Es groso. La configuración es muy buena porque traen artistas de renombre y a famosos que son inalcanzables, y vienen porque les gusta y se hace mucha prensa; les sirve a los artistas. En Argentina, siempre se habló del Festival de Viña por los artistas que iban; pero llegó un punto en que se dejó de mostrar; antes tenían algún acuerdo. Cuando le conté a mi viejo que iba a estar en Viña, automáticamente dijo: “El Festival de (Antonio) Vodanovic”. Se acordaba del nombre del animador y dijo: “¿Pero ¿cómo llegaste hasta ahí? ¿Qué haces ahí?”, me dijo sorprendido. Ahí le tomé más magnitud.
Yo no podría pasar esa barrera y subirme al escenario del Festival de Viña para animar. Es una pregunta que me hacen mucho y siempre digo: “No, lo tiene que hacer un chileno”. Debe tener el ADN chileno. A pesar de que hace casi diez años que estoy acá, y podría “adquirirlo”, es algo que creo que es como la patria: no puedo estar ahí, a pesar de que me encantaría, sería una locura. Pero no puedo cometer ese error, el ego no me puede ganar. Me sentiría mal si lo hiciera. Estoy dejando mi ego de lado, porque diría: “Sí, vamos con todo”. Es lo que me pasaría si lo viera desde afuera; me sentiría incómodo, a pesar de que sea un argentino simpático y que lleve mucho tiempo acá.
¿Me siento chileno? Me pasó algo muy loco. En el 2020, me fui de viaje, hice un recorrido y, cuando volví a Chile, me sentí como en mi casa. “Uy, qué loco lo que estoy sintiendo”, dije. Me siento tan a gusto acá, querido. Me emociona y no sé cómo explicarlo. Es una sensación muy loca. La gente me mira con cariño… (Se emociona hasta las lágrimas)... No sé cómo explicar. Es muy lindo. Es una sensación que ojalá alguien más pueda experimentar. Muy mágico. Sentir que te quieren, a pesar de que dejaste a tu familia hace 10 años, que no los ves, que es algo que me recrimino un poco. Pero el cariño que me tienen me levanta; no puedo ocultar mi emoción. Me sentí en casa. Cuando veo la cordillera (de Los Andes), me vuelvo loco, porque no existe en Buenos Aires; sólo hay edificios y calles. Acá, en cambio, miro por la ventana, veo la cordillera, a veces nevada, y es como un cuadro, y digo: “Qué lindo, no lo puedo creer”. Es un valle hermoso, divino. Guardo todas esas postales. Voy volviendo a casa y digo: “Es hermoso”. Me gusta mucho el sentido de pertenencia.
La geografía de Chile es una locura. No saben lo que tienen. Cuando veo la montaña, mi emoción es porque la geografía es épica. Salgan, viajen para otro lado, y no tienen cosas así. También tienen una ciudad (Santiago) bonita; he recorrido muchos lugares. Y la comida es muy buena; los porotos con riendas, los sándwiches son muy buenos, y la empanada también bien lograda.
Dicen que los chilenos son chaqueteros. En el grupo que me he manejado yo, no me ha tocado vivir eso; por ejemplo, Karol siempre fue súper positivo y brindándome herramientas, y con Gallina he trabajado también y siempre ha sido de una sola línea. Tal vez me ha tocado gente más buena, no gente que me juegue torcido.
Tengo una crítica con Chile. Me pasa mucho que la gente se casa con una universidad y no sabe lo que quiere. Y por tratar de quedar bien con los demás, o de solventar el gasto que hicieron los viejos en esa universidad, terminan la carrera sólo por seguir un protocolo. En cambio, en Argentina es gratis. Mi hermana estudió cuatro carreras, entonces es más fácil encontrar la profesión. Creo que tiene que ver con un índice de felicidad porque dices: “No me gustó esto y es gratis, me cambio y listo; ya perdí un año, ¿qué es un año?”. Me gustaría solucionarlo, debería solucionarse; genera infelicidad.
En Argentina estuve en Violetta y alcancé a sentir el cariño de la gente, pero un cariño más juvenil. Acá es un cariño que atraviesa muchas generaciones. Me pasa que una abuela me dice: “Te quiero” en un supermercado y un niño chiquito me pide una foto, y me vuelvo loco. Un actor muy famoso en Argentina, vino a Mucho Gusto y yo casi no podía ni hablar de lo famoso que era; cuando lo saludé, le estiré los brazos para darle un abrazo y él siguió de largo. Me dolió tanto esa hueá, que ahora que me toca a mí estar en esa posición —aunque no tan famoso—, no podría hacerle eso a alguien. El supermercado es tremendo; cada vez que vas, recibes una subida de ánimo. Es lindo ese cariño.
Conmigo la gente igual se toma ciertas licencias; como soy medio pelusón, hasta me tocan el pelo. “Pero amiga, ¿qué estás haciendo?”, digo. “Saltaste toda la barrera y me estás agarrando la peluca”. Conmigo no se da mucho la distancia, la rompen. No siento que sean más fríos los chilenos.
¿Que yo me lo cuido harto pelo? Así como me levanté vine para acá. Me hago un refresh cada seis meses, soy cero vanidoso, pero si una persona viene y te agarra el pelo es invasivo. Pero digo: “Bueno, Joaquín, has creado también esa cercanía que tiene un pequeño costo: si alguien viene y te toca el pelo, no te puedes calentar”. No me molesta, pero que no vengan ahora en la calle a agarrarme la peluca por qué dije esto; no es la idea. Siempre trato de ser lo más cariñoso, o como soy en realidad; no es que haga un personaje.
Siempre querían que me corte el pelo en mi casa, pero efectivamente, cuando sos chico y te dicen que hagas una cosa, hacés lo contrario. Nunca me he peinado. No puedo hacerlo. De hecho, en el Festival me dicen: “¿Cómo vas a salir en la gala despeinado?”. No sería yo. Tendría que ponerme una peluca.
El departamento que compré en Villa Crespo, en Palermo, me costó 70.000 dólares más o menos; está en un “90%” (terminado) hace seis o cinco años. Mi suegro, que es arquitecto, lo fue a ver y se rió… no está en un 90%. Cuando me entreguen ese departamento, voy a rifar unos pasajes a la gente de Chile que quiera participar; no tiene que hacer nada, solamente seguirme. No voy a pedir plata a cambio, ninguna rifa o algo por el estilo, sino para que vayan a vivir la experiencia del departamento, me hagan una historia allá y digan: “Es una mierda el departamento”. Pero se ganan el pasaje y la estadía en mi casa; solamente les pediré que me reciban cosas, porque tengo que mandarlas para amoblar. Será un “trato”.
Todavía no lo doy por perdido el departamento en Palermo, la batalla sigue. El personaje que me lo vendió es un típico garca argentino, canchero. Es el típico argentino que, por lo general, en todos lados odian: “¿Qué hacés, pibe?”, te dice. “¿Cómo andás? ¿Todo bien? ¿Lo del departamento?... Ahí estamos trabajando, ¿viste cómo es la vida?” Te palabrea como loco y te dice: “¿Te invito un café?”. “¡Lo mínimo que podés hacer es invitarme un café!”, le dijo. “Eh, con lo caro que está... ¿unas medialunitas?, no pidas tanto”, habla. Es un típico garca, barba de candado, camisa abotonada y apretada… un desastre. Te palabrea y terminás creyéndole.
Con el departamento compré una cochera, donde estacionás el auto, ¡y revendió dos veces la mía! Es un estafador. Hace poco me enteré. Lo llamé por teléfono y me dijo. “Es un error de plano”. “No, amigo, me decís que la mía es la cinco, se la vendiste a Marcos y a Julián y nos acabamos de enterar: vos querés que te mate”, reclamo. Me volvió loco, pero supuestamente se arregló. No tengo la menor idea de qué pasará. No sé qué hacer con ese departamento. ¿Consecuencias legales para él? Obvio, pero en Argentina ese tipo se va a quiebra y se va a vivir a Malta.
Me duele la deshonestidad. El tipo no era un desconocido, era un conocido de mi papá; se conocieron porque cantaban en un coro e hicieron una amistad bien bonita. “Hago departamentos”, dijo él un día. “Ah, mi hijo quiere comprar uno”, respondió mi papá. Y le compramos... Mi viejo ya no puede ir más a cantar; perdió un grupo de amistad, por culpa de ese tipo; no lo puede ver. Jugó con mi ilusión de niño, de 24 o 25 años, ahorré toda la plata.
Viví con mis papás hasta esa edad porque ahorré todo lo que había hecho en publicidad y en televisión; no me compraba ni un palito de helado, con mucho esfuerzo. Jugó con mi dinero; terminó otras obras que adeudaba, pero la bomba explotó con mi departamento y no pudo terminar. Le escribí una carta, muy emotiva: “Jugaste con mi ilusión. Ya no soy un niño, crecí y me da un poco de rabia no poder, ni siquiera cuando viajo a mi país, tener mi lugar. Me robaste”. Lo repliqué y varios inquilinos me escribieron que habían llorado con mi carta: “Me pasó lo mismo que a ti” y “conmigo no jugó con mi juventud, sino que con mi vejez”, me decían. Es fuerte. Lo tomamos como risa, pero no es lindo que te estafen, y más con un inmueble.
La (presunta) estafa del departamento me la tomo con humor, porque así es mi ADN también, siempre tratando de ver el lado positivo... algo hay ahí… Si no lo termina este tipo, contrato unos maestros de Chile, me los llevo y lo terminamos.
En Argentina no existe la entidad bancaria como para que te solvente una compra. No existe esa figura. No está. No es que yo pueda pedir un crédito. Porque no está; tenés que juntar tus dólares, y encima ahorrar y hacer las transacciones en dólares. Es muy distinto. Acá te podés apalancar con el banco, y yo no tenía esas herramientas, no las conocía; las aprendí acá con tiempo y preguntando. A Felipe Viel le había preguntado por Instagram hace poco: “¿Está bien lo que estoy haciendo?”, y muy cariñosamente me contestó que “más o menos”; pero me aconsejó muy bien, es un tipo muy hábil. Los chilenos son muy hábiles para manejar el sistema financiero; deberían haberlo enseñado más en la universidad o en los colegios, porque no necesitás muchas lucas como para apalancarte; obvio, tenés que laburar, pero se puede.
Me tocó, tal vez, el lado amargo de la deshonestidad en Argentina; no son todos deshonestos. Hay muchas cosas lindas que me llevo de allá. En Palermo se me quedó sin batería el auto, un Ford Ka 2001, todo roto, y le dije a un policía: “¿Me podés hacer puente?”. “¿Me dejás comer la pizza?”, me dijo, “y te ayudo”, y estaba fumando un pucho, en su horario de trabajo. Un tipo rarísimo, pero permisivo a la hora de la ayuda.
La injusticia me enoja. Tengo ciertos recursos como para no demostrarlo; tengo un pensamiento más reflexivo, pero soy muy explosivo y después digo: “Pará, miremos desde otro punto”. Y salgo de mí, tratando de eliminar mi ego por completo; porque el ego es tremendo, te puede hacer mandarte muchas cagadas. Tenés que salirte de ti y decir: “¿Qué es lo que te duele de verdad? ¿Qué te cagaron? ¿O demostrarle a los demás que tenías esto?”. Soy muy reflexivo, pero exploto. La traición me enoja más que nada, o la desigualdad.
Estoy en una relación hermosa y apuesto por Mandi. Esa relación se gestó en la pandemia, y gracias a Tinder, que mucha gente no lo sabe. No sé si la hubiese encontrado de otra forma. Yo ya estaba buscando algo así, pero la pandemia me obligó a estar quieto, a madurar un poco, a una introspección. Me bloqueaban en Tinder porque decían: “Este no puede estar acá”. Me denunciaban hasta que Tinder sacó una opción para verificar tu identidad y puse mi credencial. Apenas me hice el perfil, la primera chica con la que hablé fue ella.
La primera vez que nos juntamos con Mandi fue en mi casa. Me creyó que era yo; me vio en Instagram, pero ni siquiera me conocía. Sabía que había hecho un reality, que estaba en el matinal, que hacíamos un programa y todo, pero no me seguía. Le dio cosa venir a mi casa, cuando se estaba levantando la pandemia; tenía un protocolo con la mamá, una especie de alerta: mandarse un emoji para confirmar si era yo o no. Y se confundieron los emojis, entonces la mamá llamaba: “¿Por qué te llama tanto?”, pensaba yo. “No sé”, decía ella, que se había puesto tan nerviosa que se confundió en el emoji y la mamá no paraba de llamar. “Si es la mamá, que la atienda”, pensaba yo. “Ay, mamá, me confundí, estamos todos bien”, contestó al fin. Yo decía: “¿Qué? ¿Se confundió? ¿De qué?”. Y después me explicó, nos cagamos de risa. Al tiro hubo onda. Yo siempre decía: “Necesito una Tauro”. Necesitaba una Tauro porque es mi opuesto complementario: lo que no tengo yo, lo tiene ella.
Estamos trabajando hace rato en la casa que construimos en Colina, haciendo proyectos de ampliación y cositas que queríamos mejorar. Es tremenda pega la casa; me ha quitado 7 kilos de masa muscular porque no he podido ir al gimnasio, y con maestros de acá para allá. Quiero volver a un departamento. Si se rompe el portón, ¿a quién llamo? ¿Qué hago? Tengo que llamar al tipo, que venga y que cobre una fortuna porque piensa que tengo (mucha) plata. Yo, que tengo el regateo argentino, le trato de regatear, pero no me sirve y me terminan rompiendo el culo.
He dicho que me gusta la conquista. ¿Cómo se suple la conquista estando en pareja? El Escorpión siempre quiere encantar a todas las personas; es algo del signo también, y que me gusta hacer: charlar con alguien y que se lleve una experiencia bonita. Quiero cerrar una etapa (de la conquista): “Ya está, ya viviste, ya saliste de joda, viviste de fiesta, ya hiciste todo lo que tenías que hacer; ahora querés estar con una persona para continuar el juego de la vida”. No tengo una manera de suplir la conquista: es una etapa que se rompe.
Llevo cuatro años en pareja. ¿Si cambia la sexualidad con el tiempo? No es tanto tiempo, pero cambia. Con cuatro años todavía estás en el peak creo. Sí hemos charlado ciertas cosas, cómo activar cierta imaginación… pero por ahora no lo hemos necesitado.
Soy un tipo 100% fiel. No se jode con eso porque no me gustaría que me lo hagan, y si me lo hacen, ¡nunca más! El Escorpión no te perdona más; te puede decir “sí, te perdono”, pero por dentro... es una herida que no se cierra.

¿Planes de matrimonio? Sí, creo que en dos años, más o menos. Tengo pensado ya un cuerpo de baile. Quiero hacer algo distinto. El matrimonio no es que esté mal configurado, pero me pasa que es antiguo. El mío tiene que ser una mesa gigante; todos los invitados se sientan donde se les cante las pelotas, para que no sea esa cosa de: “Nosotros vamos en una mesa y todos nos miran”... No tiene nada de informal: mesa grande y unos shows para que la gente se entretenga. Si vas a gastar la misma plata, yo puedo hacer el show del baile; tengo como tres salidas de baile muy divertidas.
Para casarme tenía que separame de Karol Lucero (con quien se casó en Las Vegas), pero ya no, se divorció, fue él solo y me mandó el pantallazo de que se divorció. Lo logró, tuvo que pagar. Es un traicionero. Fue una humorada, divertida. Para el estado de Nevada sí estábamos casados real. Una estupidez que hicimos, una tontera antigua… Y se separó. Me dejó; lo logró solo, fue, pagó y se separó unilateralmente.
Quiero hacer una configuración familiar parecida a la de mi familia. Me encantaría lograr la crianza que tuvieron mis papás conmigo. Repetirlo sería muy bonito. No es fácil lograr: quererse toda la vida, que no haya un divorcio, que tengan hijos y los críen bien.
Dos sería un buen número de hijos. Dos, máximo. Igual siempre me ha gustado la familia numerosa, me encantaría tener muchos más, pero no creo que sea posible; está muy caro todo. Pero me encanta la familia numerosa: en Argentina somos 70. Entre todos somos muchos… lo que eran las fiestas de Navidad.
Me encantaría ponerles nombres de emperadores y dioses a mis hijos, pero no me dejan: Thor, Cleopatra, Poseidón, que no sé si te dejan en el registro; habría que preguntar. Me encantaría, pero no vamos a poder… Tengo otros nombres pensados, como Milo, pero lo van a molestar, como si fuese una chocolatada, y Noah me gustaría.
Me siguen mandando fotos explícitas en redes sociales, aunque estoy en pareja. Me ha pasado y se las muestro a la Mandi, se ríe, y les digo: “Por favor, al menos ten cuidado, no la mandes con la cara”. Y lo que hacen es recortar la cara, me la mandan sin rostro y me dicen: “Entendí”. Y contesto: “No entendiste, no mandes ninguna; pero si vas a mandar, mándala sin la cara, por el amor de Dios, porque te puede agarrar un loco y exponer; yo no, porque a mí me chupa un huevo; pero hay gente que te puede extorsionar”.
Tengo más de dos millones de seguidores en Instagram. Les pongo “me gusta” a todos mensajes; no contesto todo, pero les pongo corazones; los leo y, para que sientan que los he leído realmente, les doy un corazón, lo cual es verdad, los leo y me río.
Me he reconciliado con mi cuerpo, antes encontraba que mis piernas eran muy flacas. A pesar de que eran delgadas, era el más rápido de mi club; me daba beneficios, era una bala. Y todavía tengo esa velocidad. A veces, cuando juego pádel, la gente se sorprende porque llego a todas las pelotas; no tengo la misma velocidad final de antes, pero sigo siendo muy ágil.
Si me llaman a otro reality, habría que valorar en el momento si es necesario o no hacerlo. No me disgusta. La pasé muy bien, me divertí, y creo que eso se transmitió en ¿Volverías con tu ex
Me encantaría enfrentarme a Pangal (Andrade en un reality). Me encantaría esa hueá, pero creo que él está demasiado entrenado y yo he perdido muchas cosas (habilidades). Él es muy hábil, se ha generado un mito: “Pangal le gana a todos”. Lo conozco, me cae muy bien. Nunca le he dicho que quiero enfrentarlo, no me atrevo, jaja. Me va a pasar el trapo, pero sería entretenido. Uno siempre quiere medirse. Típico de hombre estúpido. Ese hueón debe tener buen trabajo mental… muy difícil.
He postergado 100% mi carrera teatral. La he dejado un poco de lado, pero van de la mano con ser comunicador, que si alguien quiere serlo, le recomendaría pasar por la actuación. Se aprenden herramientas útiles para romper el hielo y crear “boyas”. Por ejemplo, cuando tengo que hacer móviles en televisión pienso que “nunca hice esto en mi vida”, pero ocupo herramientas, lo voy minimizando, planeándolo por estaciones como si fuera una obra de teatro: principio, nudo y desenlace. Llevarlo a lo teatral es hacer una obra, eso es lo bueno: combinar técnica.
Me gustaría dar cursos. Hay mucha gente que estudia teatro y que tal vez no tiene las herramientas adecuadas para entender que hay que hacer para actuar, o configurar un personaje; no quiero decir que no las tienen, pero hay desinformación en esa área. Tal vez a algunos les sale de forma innata, y tal vez ni siquiera yo lo sé hacer bien; pero me gusta la docencia en ese sentido.
Volveré al teatro. Estoy seguro. Hace poco me llamaron de Underground, una productora muy conocida en Argentina que hizo El marginal y muchas series. Me querían para un personaje, pero implicaba irme seis meses. Acá me dieron la libertad, pero no me alcanzaba económicamente, que no importaba; pero me daba miedo irme, volver y que ya no sea lo mismo; era un riesgo muy grande. En Mega lo vieron como “una oportunidad de mostrar a Joaquín en otro lado”, pero al final el proyecto no vio la luz. Estábamos tanteando personajes, viendo opciones... pero bueno, la oportunidad siempre está. Cuando llegue el momento, será perfecto. Me gustaría algo no como una teleserie de todos los días, sino más específico, donde pueda empaparme de los conocimientos que ya he aprendido y demostrar qué me gusta hacer.
Me he alejado de mi familia viviendo en Chile, pero eso también me ha activado protocolos de llamar a mis tíos y decirles: “Che, escúchame, cuando cumplas 60 tenemos que hacer una fiesta”. Y las hacemos. Es entretenido, porque me ha hecho activar cosas que nunca hubiese dicho. Siempre los llamo, les digo y se hacen esos encuentros, que son entretenidos: volver a juntar a la familia.
Mis viejos vienen seguido a Chile. Mi familia se desconfiguró un poco, porque el país está caro y no es fácil. También hay oportunidades laborales en el exterior; mi hermana mayor se fue a Miami hace cinco o seis años, y la otra vive en Argentina. Esa desconfiguración hace que mis papás tengan que moverse mucho; van a Miami, aunque en realidad son anti-Miami, no les gusta. Hay gente que tiene esa opinión sobre Miami, como que es “new rich” o algo medio “grasa” (vulgar o de mal gusto), como decimos en Argentina. Pero cuando mi hermana se fue para allá, descubrieron un Miami más residencial, más lindo, y ahora su opinión cambió, tuvieron que tragársela.
Me proyecto a largo plazo en Chile. Me veo acá, me gusta, me siento cómodo. Hace rato que no voy a Argentina. Me da rabia ir y no tener un lugar; quiero ir cuando esté listo el departamento, cuando ya me digan: “Tenés la llave”. El departamento es un hito importantísimo, hace diez años que lo espero. Iré con todo, con bombos y platillos; y me quiero llevar a alguien de Chile para que participe y viva la experiencia; siento que el chileno ya es parte de mis fracasos, mis virtudes y mis éxitos, entonces quiero compartirlo.
Cuestionario Pop
Si no hubieras sido rostro de televisión y redes sociales, hubiese sido ingeniero en electricidad. No me gusta, pero creo que hubiese sido eso. Si no hubiese sido esto, hubiese sido profesor de educación física.
¿Cómo era en mi época escolar? Yo venía de un colegio bastante “fácil”, estaba más enfocado en el deporte, y me quería cambiar a un técnico en electrónica y mi mamá me dijo: “¿Estás seguro?”, porque era mucho más difícil. Entraba a las 6 de la mañana y salía a las 6 de la tarde; era de mucha carga horaria, y ella feliz porque no me veía, porque yo era insoportable. El primer año me costó muchísimo; reprobé seis materias, y estudiaba caleta; ya tenía derivadas e integrales con 14 años, cosas que nunca había visto. Pero fui avanzando. El segundo año reprobé tres y el último año no me llevé ninguna.
¿Un sueño pendiente? Tal vez hacer una buena peli, linda, lograr tocar emociones, fibras. Me encantaría hacer. Yo creo que se viene, por ejemplo, como lo que pasó al de Breaking Bad (Bryan Cranston), que hizo la serie después de haber hecho muchas cosas, como Malcolm in the Middle, que decís: “¿Cómo va a ser ese hueón?”, porque hizo un trabajo muy bueno, espectacular. Me gustaría hacer eso. Ojalá algún día. No ese personaje, pero algo así.
¿Un apodo? Me decían “El rubio”. No, en realidad, “La rubia”. En el colegio me decían “La rubia”, y en la universidad me decían “El publicidad”, porque ya hacía mucha publicidad.
¿Cábala? Los argentinos somos cabaleros. Tenía un collar de ámbar que me lo regaló una persona y me dio mucho fruto. Yo lo atribuía a que me daba una especie de poder, y me lo puse en el pie, se quebró, y lo dejé ir; pero soy muy cabalero con cosas que me dan mala suerte, más para evitar lo malo; por ejemplo, no soy muy de usar anillos porque siento que me dan mala suerte. Una vez mi suegra me había regalado un clavo; estaba carísimo y buenardo. Pero sentí que me dio mala suerte un día y me lo saqué. Tal es así que lo usó mi cuñado y tuvo un accidente doméstico; se le prendió fuego algo y yo le dije: “Es la pulsera”. Y el amarillo es un color que no uso tanto por eso mismo.
¿Una frase favorita? La de mi abuelo: “Si estoy en perdedor, estoy en ganador”. Es muy buena. La decimos a veces en el chat familiar y es muy divertido. Es abstracta y sólo nosotros la entendemos.
Un trabajo mío que no se sabe fue dentro de un tigre (corpóreo); estuve un mes adentro, con una cabeza que pesaba 7 kilos y medio. Andaba con tortícolis, pero lo que transpiraba dentro... También fui runner de barra, repositor: corría y buscaba hielo, traía hielo. Muy divertido.
Para mi primer sueldo hice una publicidad y me pagaron una fortuna en esa época; como 5.000 dólares, una locura. Era una publicidad de Coca-Cola mundial, y me compré un computador en Buenos Aires. Como yo era técnico, lo compré desarmado y lo quise armar; pero no lo supe armar. Un desastre, un pelotudo. No me salió.
Algo de lo que te arrepiento es que hice una piscina aquí en Chile y no me salió bien; le quise hacer como una especie de “brazo” para apoyar las reposeras y que quedara como un espejo de agua, y salió como el pico. Siempre se rompe, se filtra. Un desastre. La hizo una empresa, un equipo nefasto.
¿Música favorita? Me gusta Sui Generis, una banda impresionante. A nivel internacional, Bruno Mars. Descubrí un artista muy bueno que viene al Festival, Carín León, un talento mexicano con una voz impresionante. Hace una mezcla de blues y corrido mexicano. Si no lo han escuchado, no saben lo que canta ese tipo; es un animal, muy bueno.
¿Alguien de la televisión que admire? Me tocó trabajar con Don Francisco. Vino a La hora de jugar y pude tener una charla mano a mano con él. Absorbí muchas cosas, tuvimos una charla muy buena y me dijo cosas muy bonitas. Como soy de afuera, tal vez tengo más licencia de decirle “qué hacés, cabezón”; y tuve una charla muy buena con él, profesional y personal. Y aparte sentí, que cuando hizo el programa con nosotros, no se quería ir. Lo sentí muy cómodo con él y que estaba como rememorando tal vez a un programa (tipo Sábado Gigante); le evocaba a jugar y regalar, y se subió arriba de la pelota: cantaba, lo agarraba para el hueveo y se prestaba para la joda; tremendo crack. También tengo una buena impresión de Martín Cárcamo; me lo crucé una vez y siempre es muy afectivo, y me dijo cosas bonitas. Como animador, Luis Jara es un animal; lo vi en matinales, maneja el ritmo, sabe llevar el tema, tiene mucha sensibilidad, timing y sabe de todo. Y con Jose Viñuela me llevo la raja, lo quiero mucho.
¿Un pasatiempo? Hacía rompecabezas. Ahora también juego Counter Strike, el “CS:GO”. Me junto con chilenos y a veces oculto mi identidad porque cuando descubren quién soy, se vuelven locos y me piden saludos en plena partida. Para evitarlo, oculto mi nickname y juego tranquilo.
Siempre lloro con las películas. Hace poco vi una en Amazon que me emocionó: No hables con extraños, muy buena; y con cualquier película de Disney lloro a mares. Me gusta llorar en el cine, me conecta con las emociones. A veces mi novia me mira de costado porque ella no llora, ni una lágrima, y yo estoy con mocos y sollozos.
Tengo muy buena relación con el horóscopo. Me sirve para entenderme y ver cosas que debo mejorar. No sigo el horóscopo diario, pero sé de compatibilidades. Si alguien me dice “soy Cáncer”, le advierto que los Cáncer a veces cuando dicen las cosas son muy directos, y que a veces duele.
Si pudieras tener un superpoder, me encantaría volar como un dron. Uso cascos de realidad virtual para manejar drones y es una sensación hermosa.
Si pudiera invitar a tres personas de la Historia a un asado, me gustaría estar con el Diegote, Diego Maradona, entrevistarlo para preguntarle si cambiaría cosas de su vida, porque siento que es un ídolo en Argentina que hizo lo que se le cantó las pelotas toda la vida y es infunable; no lo podés tocar a pesar de que hizo cosas que no están para nada bien y que no comparto, (pero) generó algo en todos nosotros que trazó toda nuestra vida: es el típico argentino irreverente o que rompe molde. Me gustaría revivirlo, solamente para que sepa que Leo Messi ganó el Mundial, y ver qué hubiese dicho. También, a mi abuelo paterno, para saber qué piensa de lo que hago y tener una opinión distinta; siempre fue muy asertivo. Y a Jim Carrey, porque me encantaría hablar con él, preguntarle boludeces; y su papá era contador, igual que el mío.
Joaquín Méndez —qué difícil— se sigue construyendo. Cree que es una persona que tiene mucha retórica que se puede ver de afuera siempre y seguir creciendo. Se está desarrollando y le ha gustado lo que he hecho hasta ahora. Es permeable, una persona a la que le gustaría que la sigan viendo así como es.